Groundpiece cumple 25 años siendo un icono

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En la historia más reciente del diseño contemporáneo, pocos objetos han logrado condensar un cambio de paradigma como lo hizo Groundpiece. Concebido en 2001 por Antonio Citterio para Flexform, este sofá que nació para cuestionar las lógicas heredadas del habitar, sin pretenderlo, se convirtió en una pieza bisagra de la cultura del interiorismo del siglo XXI.

Lo verdaderamente revolucionario no fue su aspecto. Fue que Groundpiece asumió que la vida ya no ocurría en torno a la mesa del comedor ni en la rígida coreografía del salón tradicional. El sofá, históricamente sumiso y arrimado a la pared, reclamaba ahora la centralidad física y simbólica. Citterio observó esa transformación silenciosa y la convirtió en forma: una estructura baja, amplia, casi geológica, que invitaba a una domesticidad más laxa, más honesta con los ritmos reales de la vida cotidiana.

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Un ensayo tridimensional sobre el habitar

Sus proporciones, más profundas y generosas que las de un sofá común, casi topográficas, eran más un gesto cultural que un ejercicio estilístico. Era la evidencia de que el hogar había dejado de ser un escenario para convertirse en un ecosistema. Comer, trabajar, leer, divagar, conversar o desaparecer unos minutos del mundo: todas estas microacciones encontraban su lugar en Groundpiece. Y para reafirmar esa vocación híbrida, el diseñador incorporó unas piezas que desdibujaban la frontera entre mueble y arquitectura: los famosos módulos de apoyo revestidos en cuero, inspirados libremente en la lógica minimalista de Donald Judd, más cercanos a un statement museográfico que a un reposabrazos convencional.

Esa dimensión casi curatorial encierra el motivo por el que Groundpiece sigue vigente 25 años después. También lo hace gracias a su capacidad de adaptación, gracias a su modularidad caleidoscópica, que articula, como pocos diseños, con infinidad de módulos. Citterio observó antes que nadie que el hogar se haría flexible, que el salón devendría plaza pública íntima, que la vida contemporánea exigiría superficies horizontales cómodas y polivalentes.

Hoy, en un mercado saturado de sistemas modulares que replican su gramática, Groundpiece permanece como una rareza lúcida: un mueble que no buscó ser icónico pero lo fue porque supo leer el tiempo. Un sofá que, más que un sofá, es un ensayo tridimensional sobre cómo vivimos. Un clásico que no envejece porque, sencillamente, sigue entendiendo mejor que nosotros mismos qué significa habitar.