El diseño según Carlo Mollino: velocidad, anatomía y deseo

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El diseño según Carlo Mollino: velocidad, anatomía y deseo

Carlo Mollino nunca diseñó muebles como quien diseña muebles. Los diseñaba como quien imagina un cuerpo en movimiento. Quizás por eso siguen resultando extraños hoy. Sensuales. Difíciles de clasificar. Mientras gran parte del diseño italiano del siglo XX perseguía la lógica industrial, la repetición o la pureza racionalista, Mollino parecía estar ocupado en otra cosa: construir un universo propio donde la arquitectura, la velocidad, el esquí, la aviación, el surrealismo y la anatomía convivían bajo las mismas reglas.

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Durante la pasada Milan Design Week, Zanotta anunció la adquisición de los derechos exclusivos para producir treinta diseños de Carlo Mollino, además de miles de dibujos, fotografías y documentos originales pertenecientes a su archivo profesional. Una noticia que, más allá del gesto empresarial, habla de algo mucho más interesante: el regreso definitivo de Mollino al centro de la conversación contemporánea sobre diseño.

Porque durante décadas, Mollino ocupó un lugar extraño dentro de la historia moderna. Demasiado artístico para la industria. Demasiado barroco para el racionalismo. Demasiado inclasificable para convertirse en un diseñador “fácil”. Sus piezas no se concebían pensando en la producción en serie, sino en el objeto único, casi como extensiones teatrales del cuerpo humano. Y precisamente ahí reside gran parte de su magnetismo actual.

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Mesa Vertebra

La pieza elegida para inaugurar esta nueva etapa es la mesa Vertebra, diseñada en 1950 y producida hasta ahora únicamente en dos ejemplares. Basta con verla para entender por qué sigue fascinando más de setenta años después. Su estructura ósea, casi vertebral, parece sostenerse por la tensión propia de un cuerpo en movimiento. No hay geometría fría ni voluntad de neutralidad. Hay músculos, equilibrio, velocidad. Hay algo profundamente físico en ella.

Mollino entendía el mobiliario como una prolongación anatómica. Y no es casualidad. Además de arquitecto y diseñador, fue piloto, esquiador, fotógrafo y un obsesivo estudioso del movimiento. Sus muebles parecen estar preparados para activarse ante la presencia humana. Como si el cuerpo terminara de completarlos.

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Teatro Regio, Turín
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Teatro Regio, Turín

En un momento donde gran parte del diseño contemporáneo parece haber vuelto a interesarse por las formas orgánicas, las piezas escultóricas y cierta emocionalidad material, el universo de Mollino resulta sorprendentemente vigente. Lo interesante es que nunca fue realmente contemporáneo de nadie. Mientras el modernismo perseguía la estandarización, él trabajaba desde el exceso controlado, desde una sofisticación casi cinematográfica. Sus interiores estaban llenos de cortinas, reflejos, curvas y tensiones visuales. Más cercanos a una escena de teatro que a la idea moderna de la casa-máquina.

Quizás lo más fascinante de Carlo Mollino no sean únicamente sus muebles, sino el personaje que construyó alrededor de ellos. Un arquitecto incapaz de permanecer en una sola disciplina. Piloto acrobático, esquiador profesional, fotógrafo obsesionado con la puesta en escena, diseñador de interiores, amante de la velocidad y del artificio. Mollino entendía la creación como un territorio donde todas las disciplinas podían contaminarse entre sí. Y esa mirada total es precisamente lo que hace que su trabajo siga resultando tan contemporáneo. Frente a un diseño cada vez más optimizado, neutral y previsible, sus piezas continúan defendiendo algo mucho más difícil de encontrar: personalidad.