El arte de no llamar la atención
Jasper Morrison lleva cuarenta años diseñando objetos que parecen no haber sido diseñados nunca. La nueva Pack Chair para HAY, presentada en junio en Copenhague, vuelve a confirmar que su mayor logro es la discreción.
Hay una paradoja que persigue a Jasper Morrison desde que empezó a publicar su trabajo a finales de los años ochenta: cuanto menos parece haber intervenido en un objeto, más se nota su mano. No es un truco retórico. Es, literalmente, el método. Morrison pertenece a esa rara estirpe de diseñadores cuya firma consiste en borrarla, en hacer que una silla, una lámpara o una tetera dé la sensación de haber existido siempre, de no necesitar autoría.

El pasado junio, en el marco de 3daysofdesign en Copenhague, HAY presentó la Pack Chair, su nueva colaboración con Morrison. La pieza llega envuelta en una lógica que su propio nombre anticipa: cuatro patas, un asiento, un respaldo y una llave Allen, todo empaquetado y listo para que el usuario la monte en casa. Es, una vez más, el mismo Morrison de siempre, el autor de piezas que, a primera vista, podrían pasar por anónimas, como señalaba hace unos días Nicola Aprile en Domus. Y ahí está, otra vez, la palabra que mejor resume su proyecto entero: anonimato, no como ausencia sino como decisión.
La Pack Chair no nace de la nada. Recuerda a su Trattoria Chair y se presenta como una versión optimizada, pensada para desmontarse y volver a montarse por completo. Las dos carcasas, asiento y respaldo, están hechas de un 80% de polipropileno reciclado postconsumo, reforzado con fibras de madera que aportan a la superficie una textura y una sensación natural, en diálogo con las patas de roble macizo. Rolf Hay, cofundador y director creativo de la marca, cuenta que la idea nació casi por casualidad, durante una visita al estudio de Morrison en Londres, al ver una pequeña maqueta sobre la mesa. El objetivo era claro: crear una de las sillas más accesibles de toda la producción de Morrison, sin ceder en calidad ni en rigor formal. Sin artificios, sin efectos de luz, sin nada que distraiga de lo que la pieza es.


La normalidad como proyecto
Para entender por qué esto importa, hay que volver veinte años atrás, a una galería de Tokio. En 2006, Morrison y el diseñador japonés Naoto Fukasawa comisariaron una exposición que reunía más de doscientos objetos cotidianos, muchos sin autor conocido, bajo un término que acabarían convirtiendo en manifiesto: Super Normal. La premisa, tan simple como incómoda para buena parte del mundo del diseño, era que el diseño contemporáneo se había alejado de su función original. El mundo del diseño se ha apartado de la normalidad, ha olvidado sus raíces y la idea básica de que los diseñadores debemos cuidar el entorno construido por el ser humano e intentar mejorarlo, explicaba Morrison entonces. Super Normal aspiraba a tender un puente entre ambos mundos.
Lo interesante del concepto, y lo que lo distingue de un simple minimalismo, es que no se trata de una estética sino de una relación. Un objeto se vuelve Super Normal con el uso, decía Morrison; no se puede planificar del todo. La belleza no está en la primera mirada sino en la convivencia prolongada, en ese momento impreciso en que un objeto deja de notarse porque ha encajado perfectamente en la vida de quien lo usa. Fukasawa lo resumía con una observación incómoda para cualquier diseñador con ego: los diseñadores generalmente no piensan en diseñar lo «ordinario»; si acaso, viven con miedo de que digan que sus diseños no tienen nada especial.


Morrison ha construido sobre esa idea toda una carrera y sus hitos son conocidos por cualquiera que haya seguido el diseño europeo de las últimas tres décadas. Está la Thinking Man’s Chair, de 1986, una silla de estructura metálica con reposabrazos curvos que ya anunciaba, casi en sus inicios, la tensión que definiría su trabajo: una pieza escultórica que, sin embargo, no busca llamar la atención sobre sí misma, sino invitar al cuerpo a relajarse. Está la Glo-Ball para Flos, esa esfera de vidrio opal que difunde una luz uniforme y se ha convertido, sin estridencias, en parte del paisaje doméstico de medio mundo. Y está la Hal Lounge Chair & Ottoman para Vitra, donde la sobriedad de líneas y la calidad de los materiales se traducen en una pieza que no necesita levantar la voz para imponerse como icono del confort contemporáneo.



A ese mismo impulso responde, este año, una colección que se sale del catálogo habitual de sillas e iluminación: Outdoor Market by Jasper Morrison Shop, presentada por HAY a principios de primavera en el MoMA Design Store de Nueva York. Son más de treinta piezas pensadas para la vida al aire libre, desde bolsas de picnic y paños de cocina hasta tumbonas plegables, toldos y hamacas, y nacen casi por accidente de una pequeña barbacoa de acero inoxidable que Morrison ya fabricaba en tiradas cortas en su propia tienda de Londres. A partir de ahí, HAY y Morrison construyeron un catálogo entero con la misma lógica de siempre: objetos sin artificio, en madera de haya ligera y acero, vestidos con un tejido de rayas que Morrison encontró en un mercadillo, inspirado en estampados tradicionales vascos. Mette y Rolf Hay, fundadores de la marca, lo resumen sin rodeos: para ellos Morrison es el maestro de los objetos cotidianos, capaz de hacer que lo ordinario parezca esencial. La colección confirma algo que ya intuíamos en sus sillas: que el «super normal» no es un estilo doméstico; es una manera de mirar cualquier objeto, incluso el que se monta en una tienda de campaña.

Lo que la silla Pack Chair confirma
Volviendo a Copenhague: lo que hace que la Pack Chair encaje con tanta naturalidad en este recorrido no es solo la silueta, que efectivamente remite a la Trattoria Chair, sino la decisión de fondo. Entregar la silla desmontada, dejar que sea el usuario quien la construya y, llegado el momento, quien la repare sustituyendo piezas sueltas, es una forma muy concreta de devolverle al objeto su condición de herramienta. No hay gesto autoral en el embalaje plano. Hay, en todo caso, una ética del mantenimiento: una silla pensada para durar, para ser reparada antes que sustituida, para acompañar sin imponerse.


Ese gesto también conecta con algo que Copenhague entiende mejor que casi ninguna otra ciudad de diseño. Las piezas de la línea Palissade, la serie más reconocible del catálogo de HAY, aparecen por todas partes en la capital danesa, en terrazas, oficinas, plazas, sin que nadie repare especialmente en ellas. Es exactamente el efecto que Morrison y Fukasawa describían en su manifiesto de 2006: el objeto que se funde tan bien con su entorno que deja de leerse como diseño y empieza a leerse, simplemente, como mobiliario de la vida.
Hay algo casi conmovedor en sostener una postura así durante cuarenta años, en un sector que premia sistemáticamente lo contrario: la pieza que sorprende, la silueta que se reconoce a tres metros de distancia, el objeto pensado para la foto antes que para la mano. Morrison ha hecho carrera nadando a contracorriente. Tal vez ahí esté la lección más incómoda de su trabajo, la que la Pack Chair vuelve a poner sobre la mesa: que el diseño más difícil de lograr no es el que se nota, sino el que, con el tiempo, deja de notarse.