El mueble vestido
Toda silla con tapizado esconde una decisión que casi nunca se hace explícita: si la tela debe comportarse como una piel, ajustada al hueso de la estructura, o como una prenda, con su propia voluntad de caer, arrugarse, moverse. Durante buena parte del siglo XX, el mobiliario tendió a la primera opción. La tapicería era disciplina, no expresión, algo que se ceñía al armazón hasta volverse invisible. Lo interesante de los últimos años es que un puñado de marcas y diseñadores ha empezado a invertir esa jerarquía, dejando que la tela hable con voz propia, como si el mueble se hubiese decidido por fin a vestirse en lugar de limitarse a forrarse.
Vitra acaba de presentar la prueba más reciente y más franca de ese giro. Se llama Bascule, en alusión al mecanismo de báscula que se esconde bajo la superficie, capaz de acompañar el peso del cuerpo y deslizarlo de la postura erguida a una reclinación casi horizontal sin muelles ni amortiguadores visibles. Sus autoras, Lisa Ertel y Anne-Sophie Oberkrome, del estudio berlinés Œ, construyeron el tapizado drapeando la tela directamente sobre los prototipos en movimiento, observando dónde se tensaba el tejido y dónde caía suelto, casi como quien prueba un patrón sobre un maniquí antes de cortar. El primer boceto era una bufanda enroscada en el mecanismo. Acabó siendo una chaqueta, con el menor número posible de costuras, porque eso era lo que el propio tejido pedía. Nada va pegado: la funda se desliza, se cambia, se lleva a reparar, exactamente como se lleva una americana al sastre del barrio en lugar de tirarla. El equipo de tapicería de Vitra tuvo que aprender, según sus propias diseñadoras, a pensar como sastres.


Una genealogía discreta
Conviene no tratar esto como una ocurrencia de temporada, porque no lo es. El diseño de mobiliario lleva al menos siete décadas coqueteando, de forma intermitente pero persistente, con el vocabulario de la sastrería, y los ejemplos, puestos uno junto a otro, dibujan algo parecido a una tradición silenciosa.
Empecemos por el final, que en realidad es el principio: Harry Bertoia, cuando ideó sus sillas de varilla metálica para Knoll a comienzos de los años cincuenta, hablaba de ellas en términos que hoy sorprenden por su precisión escultórica. Decía que estaban hechas sobre todo de aire, como una escultura, y que el espacio las atravesaba sin obstáculos. La Diamond y la Bird Chair son, en rigor, esqueletos: una retícula de alambre soldado que dibuja una silueta sin apenas masa. Y sin embargo, ambas podían pedirse con una funda completa, diseñada en su día por la textil Toni Prestini, que se ceñía al armazón como una segunda piel. El gesto tiene algo de revelación retrospectiva: ni Bertoia ni Knoll trataron jamás esa tela como mero relleno cómodo, sino como una prenda que vestía la escultura sin ocultarla del todo, dejando intuir el alambre por debajo, igual que una camisa deja intuir los hombros de quien la lleva. El mueble, ya en 1952, sabía que podía cambiarse de ropa sin dejar de ser quien era.

Medio siglo más tarde, esa misma intuición regresó desde el lado contrario del oficio, el de la moda mirando hacia el mueble en lugar del mueble mirando hacia la moda. Raf Simons lleva más de diez años colaborando con Kvadrat, y cada nueva entrega de esa relación insiste en la misma pregunta: qué ocurre si se trasladan al tapizado las técnicas de coloración y trama que la industria textil reserva normalmente a la ropa, ese tweed con motas, ese bouclé de textura irregular. Simons ha descrito sus tejidos como lienzos en blanco, y ha hablado de cómo trabajar con una densidad de trama distinta a la de la confección obliga a repensar el color desde cero, casi pictóricamente. Cuando Kvadrat tapizó los sofás Freeform de Noguchi con sus telas, lo que se exhibía en realidad no era un mueble nuevo, sino la demostración pública de que decidir cómo cae una tela sobre un volumen es exactamente el mismo gesto, se trate de un abrigo o de un asiento.


Y entre uno y otro extremo, más cerca de nosotros en el tiempo, está la colaboración entre De Padova y Paul Smith, bautizada con un título que ya es casi un programa: Everyday Life. Aquí la sastrería no se sugiere por analogía, se cita literalmente. Los pespuntes de contraste que recorren sofás y butacas remiten al llamado punto cavallo, una puntada propia de la tradición sastreril de Smith. Hay correas de cuero que funcionan como elementos estructurales y un bolsillo, sí, un bolsillo de cuero, prestado directamente del lenguaje del pantalón. Las pequeñas cintas de color que asoman en los respaldos evocan, sin disimulo, la Signature Stripe que ha acompañado a Smith desde sus primeras colecciones. Él mismo lo resumía con esa modestia británica tan suya: que su aportación quedaba escondida en detalles sutiles, no en gestos obvios, capaces de presentar lo clásico bajo una luz distinta. Es una frase que podría haber firmado cualquiera de los sastres de Savile Row que Smith frecuentó de joven, y que aquí se aplica, sin ironía, a un sofá.


La misma pregunta, distintos siglos
Puestas en fila, Bertoia, Kvadrat con Simons, De Padova con Smith y ahora la Bascule de Vitra no cuentan una historia de progreso ni de tendencia, sino de una pregunta que el diseño de mobiliario se hace y se vuelve a hacer cada cierto tiempo: dónde termina la estructura y dónde empieza la prenda. En Bertoia, la respuesta es casi escultórica: el armazón manda y la tela se ciñe como un guante. En Bascule ocurre casi lo contrario: el tejido lleva la voz cantante, holgado, libre de moverse con el mecanismo, mientras la ingeniería se esconde discretamente bajo la chaqueta. En Kvadrat con Simons, el tejido se independiza todavía más, convirtiéndose en una colección autónoma que después sale a buscar mueble, y no al revés. Y en De Padova con Smith, la sastrería deja de ser metáfora para convertirse en una cita explícita, casi un ejercicio de estilo dentro de otro ejercicio de estilo.
